
La intensidad de la orquesta volvió a penetrar mis oídos. Hacía casi un año que había visto la misma obra interpretada por la misma cantante, Florencia Fabris, y hacía meses que estaba esperando ver de nuevo a Cio-Cio-San. La orquesta, de a ratos, nos asustaba, pero sin dudas me transportó a Japón, y esta vez, quizás a unos años antes de las bombas nucleares, quizás después.
De repente volví a sentir ese frío y ese perfumito que despide el escenario cuando se abre el telón, y allí estábamos: un Night Club japonés, por allá en los '40 o en los '50. Un yankee, capitán de la marina, más bien gringo, de ojos claros, mirando unas fotos de la que sería su próxima casa por algunos días o meses. Salda come una torre da terra, fino al tetto le dice, señalándole las fotos, Goro, el casamentero insoportable que, como en toda ópera verista, es el personaje que (casi sin querer) le digna al protagonista el destino mortífero e irrevocable.
Con la llegada de Sharpless, un par de Geishas modernizadas y hechas a la medida de cualquier cabaret de Avellaneda (pero con más clase) aparecen y dan un par de vueltas. Goro le ofrece al Cónsul, pero todos sabemos que Sharpless es el tipo sabio y yankee a la vez, el comprensivo, el paciente y el superyoizeado. Sarebbe gran peccato le lievi ali strappar e desolar forse un credulo cuor le sugería Sharpless a su amigo Pinkerton, quien le quita importancia y lo señala a su amigo como un sentimentalista que cada día se pone peor con la edad.
Debo admitir que la ropa y la escenografía fueron complicaciones en las escenas románticas. De fondo un cabaret y dos tortolitos diciéndose que se aman, no concuerda. Sobretodo cuando las mujeres sentimos que es amor: el sexo solo no nos parece amor, y todo lo material desaparece, hasta el dinero (aunque probablemente sólo por un tiempo). Al ver detrás un club de la noche, donde las "geishas" prostituizadas (a la cual pareciera que Butterfly no pertenece) desempeñan su labor, desencaja con la historia y con la lírica, mismo con la fotografía del gran abrazo de Pinkerton y Butterfly, donde todo duerme, y donde los ojos fijos del yankee parecen ser el mundo y la felicidad de la muchachita enamorada. Pero a pesar de esto y del vestido floreado bordó en vez de los velos blancos, la interpretación logró que dejara todo eso para comentarios irrelevantes.
Y cayó el telón.
Y ahí estaba de nuevo. La desesperanza salía del segundo acto: una casa americana, gris y apagada, pero que por dentro conservaba las tradiciones japonesas de organización. A la derecha, un Buda, y más allá, al fondo, casi rozando el río, un letrero gigante con una geisha y su hijo en brazos con dos banderitas, una estadounidense y una japonesa. Más por allí, una Suzuki que le pedía a su Dios que haga que Cio-Cio-San deje de llorar. Por allá, una Butterfly cegada que criticaba severamente al dios de Suzuki y que confiaba plenamente en que su marido llegaría.
Un bello día veremos le explicaba a Suzuki. Y acá va lo que creo: yo creo fielmente que Suzuki tenía para sí una predicción, ella y el Cónsul sabían cómo iba a terminar esta hermosa pero cruel historia de amor.
El Cónsul no tardó en hacerse presente, y sin dudas esta visita fue crucial para la historia. Y también sostengo que Butterfly, luego de sus palabras sabía lo que se venía en la nave blanca.
E questo, egli potrà pure scordare? le dijo la muchachita hecha mujer, exhibiendo a su hijito. No pude evitar traer esta situación a la actualidad, y me recordó a situaciones... ¿cuántas madres exponen a sus hijos en separaciones?
Y pareció que el Cónsul entendió a la perfección.
Eccolo: Abraham Lincoln! gritó Butterfly, desde el segundo piso de su casita venida a bajo.
Y lo demás, lo que ya todos sabíamos desde un principio.
La mirada de Suzuki al ver que su querida Mariposa había tomado la decisión, fue lo que más me movilizó. Gabriela Cipriani Zec, con una mirada sumisa que de por sí la caracteriza, encarnando al papel de Nube Ligera, me remontó a principios de década, cuando comencé a concurrir a mis primeras óperas. Esta mezzo tan preparada, hace años que se desempeña en los papeles más hermosos (quizás irrelevantes, pero al menos excelentemente encarnados) en el Teatro Argentino de La Plata, e hizo que el domingo llorara como una nena sensible y maricona que ve The Notebook una y otra vez.
Y ahí llegó el final: Mariposa se va a su casa americana y actúa como su padre lo hizo alguna vez. Con honor muere quien no pudo conservar la vida con honor, dice, y al rato llegó Pinkerton.
Butterfly, Butterfly, llamó. Entró a la que había sido su casa y se encontró con la imagen de aquella pequeñita esposa que holía a verbena, imagino yo (porque todo esto ocurrió dentro de la casa) que arrojada y finalmente, muerta.
Por último, Pinkerton salió de su casa asorado con las manos llenas de sangre, y sin poder creer lo que le estaba sucediendo. Miró a su hijo, miró a sus manos, y comprendió que todo había terminado, que aquél petirrojo que había abandonado finalmente había dejado al mundo por su amor.